¿Lo he soñado?

La realidad copia a los sueños. Gabriel García Márquez.

Nada hay tan novelesco como la realidad.
Advertencia de la película EL CLAVO.

20 julio 2009

Descubramos al genio de la lámpara




Hace una semana, paseando por los aledaños de la plaza de toros de Barcelona, recordaba algunas imágenes de recientes festejos taurinos. En esos resúmenes de televisión pude comprobar que en un lapso de tiempo de unas semanas había una gran diferencia entre el número de espectadores que asistió a la corrida celebrada en esa plaza Monumental de Barcelona, en la que José Tomás mató seis toros, con lleno hasta la bandera, y la que días más tarde, con un cartel de primeros espadas, reunió menos de medio aforo.

Estos datos de público asistente me llamaron la atención y son prueba de la extraordinaria admiración que despierta un torero que confiesa querer levantar la fiesta de los toros y sobre todo en Barcelona, donde parece que existe una gran oposición a la lidia. José Tomás dice que quiere acabar con la indiferencia que se está apoderando de muchos aficionados. Pretende atraer a nuevos adeptos hacia el arte del toreo.

Algunos momentos del toreo de José Tomás (breves videos) consiguen que quienes apenas somos aficionados nos sintamos atraídos por ver de cerca, en una plaza de toros, una faena de este diestro.

En muchas actividades ocurre algo parecido, en el deporte o el mundo intelectual. en cualquier faceta artística: pintura, literatura, música, o de investigación científica. Observamos a infinidad de personas que no consiguen despertar nuestra atención. Pero, de pronto, aparecen el talento y el genio que arrastran a una multitud de admiradores que siguen su estela. Sean colegas o rivales intentarán igualar y lograr el éxito del "modelo a seguir". En cuanto a toreros que persiguen ese modelo de quietud, actualmente destaca Miguel Angel Perera, que cortó 4 orejas en Huelva.

Busquemos, tal y como ocurrió en la
Edad de Oro del Toreo, a esos ejemplos que significan la innovación y la mejora en cada ámbito de nuestras vidas. En aquella época dorada de la tauromaquia destacaba "Joselito" o "Gallito", José Gómez. Considerado como el torero con la técnica más perfecta de todos los tiempos. A su lado, emergió Juan Belmonte, que revolucionó el toreo a partir de 1914. La rivalidad entre ambos (eran grandes amigos, hasta el punto que la muerte de "Joselito" en Talavera de la Reina, también supuso la "muerte" de Juan Belmonte) hizo que la fiesta de los toros alcanzase su esplendor.

La vida de Juan Belmonte, resumida en un artículo de Federico Jiménez Losantos, "El torero que no podía morir", publicado en el diario EL MUNDO, el 28 de septiembre de 1997 es digna de una película y por ello sugiero su lectura al final de este texto o acudir al enlace anterior.

El comienzo de dicho artículo clasifica a los toreros en dos grupos: Uno, el formado por Juan Belmonte, el otro lo constituían el resto de toreros. Tal vez, ocurra en la actualidad algo similar: el grupo de José Tomas y el de los demás.

Además, la personalidad de Juan Belmonte, que pasando de becerrista, en quien nadie creía, a codearse con escritores como Ramón Valle Inclán o con pintores de Julio Romero de Torres, que idolatraban al torero, me ha llamado poderosamente la atención porque dicen que tenía la obsesión por la lectura y siempre soñó con lograr el mayor nivel cultural a través de tertulias con artistas. La siguiente conversación con Valle Inclan muestra la consideración que tenía como torero que se jugaba la vida en cada faena:

- Ahora, ya sólo te queda morir en la plaza.
- Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda.

Le achacaban que era un suicida, que lo mataría un toro por no respetar los terrenos del animal. "Lagartijo" decía: "o te quitas o te quita el toro". Les respondía que no había terrenos, que lo que valía era saber torear, Su frase era: "ni te quitas tú ni te quita el toro, si sabes torear": Parar, templar y mandar.

Al final, hizo lo que pudo, pero no el ruedo: Juan Belmonte, se pegó un tiro, cuando tenía setenta años.

JUAN BELMONTE: El torero que no podía morir Federico Jiménez Losantos
El Mundo, 28 de septiembre de 1997

De joven toreaba de noche, sin ropa y esquivando a la Guardia Civil. En su primera corrida en la Maestranza tiró la espada, hincó las rodillas y gritó al toro: «Mátame». Para los entendidos no era tremendista, era suicida. Su rivalidad con su amigo Joselito marca la edad de oro del toreo.
En la historia de la lidia hay dos grupos de toreros: uno lo constituye Juan Belmonte; en el otro se agrupan todos los demás. Ninguno en la historia de la Fiesta la ha cambiado tan de raíz. Los toreros de hoy y hasta los toros son lo que son por lo que fue Belmonte. Tanto viene de tan poco.Nació Juan en Sevilla, en la calle Ancha de Feria, que ya es nacer, el año 1892. Su padre regentaba una humilde quincallería y, por cambiar de suerte, se fue a vivir al barrio de Triana, la otra parte del mundo, separada de Sevilla por un puente. Al poco, murió la madre, joven y guapa, y aquel niño enclenque, desgarbado, feo y triste se quedó además huérfano, con el recuerdo de su madre amortajada.Su padre volvió a casarse y le dio copiosa fraternidad, pero aquel niño tan poco favorecido por la naturaleza y que no pasó más de dos años en la escuela, parecía de la piel de Belcebú. No hubo travesura que no intentara ni amigotes malos que no frecuentara. Aunque tenía que ayudar a su padre en la quincallería, era tal su timidez para el regateo y el trato, que cualquier mujer hacía negocio a su costa. De la timidez enfermiza que nunca le abandonó pudo escapar hacia la ensoñación de la letra gracias a tres amigos tipógrafos, que lo sacaron del encanallamiento menudo del barrio. Por ellos entró en el mundo de la lectura, que, después del de los toros, fue el que más cultivó en su vida. Y tras ellos, cuando empezó a ser mocito, llegaron los torerillos, un pequeño grupo que compendiaba todas las facetas de lo antisocial. Eran vagos, gamberros, fumadores y bebedores cuando había qué, insolentes con niñas y mujeres, pendencieros con los otros chicos. Hacían fieras burlas de un enano alcohólico convertido en mascota y no tenían otro norte confesado que restaurar la tauromaquia de Antonio Montes, único matador respetable y al que, naturalmente, ninguno había visto torear. Eran anarquistas por talante vital y lo fueron también en lo político. Cuando Juanito fue don Juan tuvo que socorrerlos en la cárcel, adonde los llevaron muy graves fechorías. Mientras, su obsesión era torear. De noche, se iban a las dehesas, apartaban algún novillo y lo toreaban con su chaquetilla a la luz de la luna. Como los mayorales no podían con ellos se hizo cargo la Guardia Civil. Pero estos trianeros imposibles se atrevían hasta con la Benemérita.Cruzaban de noche el río, dejando la ropa en la ribera, y sin más atuendo que las alpargatas, pasaban horas entre los cardos hasta conseguir apartar una res y torearla con la chaquetilla de Riverito, que era el mayor. Así fueron los comienzos de Belmonte, durísimos y aventurados, fuera de la ley, de los horarios normales, de la lógica alimenticia y hasta de la esperanza, porque Belmonte estaba convencido de que nunca llegaría a ser torero.Su padre se arruinaba poco a poco, cargado de hijos, mientras Juanito dormía de día y se jugaba la vida de noche, toreando cualquier fiera en las marismas a la luz de la luna o , si no había luna, de una lámpara de carburo. Se iba haciendo mozo, pero no gallardo. Comido por el hambre, dominado por la timidez y por una ambición ininconcreta, aquel rebelde del Altozano tenía la estampa de un faquir con mandíbula redundantemente regia, entre Austria y Borbón. De parecer Habsburgo tardío le salvaba una mirada baída y oscura, de animal muy toreado y lleno de mataduras. Nadie creía en él, salvo Calderón, un banderillero del Espartero, que fue su padrino en las tertulias sevillanas.Su primer amor de verdad fue una mujer casada, muy guapa, que se prendó del becerrista feo y casi consiguió hacerle olvidar su naciente y titánica afición. Tras un disparatado debut en Elvas, pudo, a trancas y barrancas, empezar a torear con nombre propio o prestado, en sustituciones granujientas. Y cuando por fin se coló en una novillada de la Maestranza, le echaron los dos novillos al corral. Ante el segundo, tras sonar el tercer aviso, tiró la espada, se hincó de rodillas, acercó la cara al testuz de la fiera y se puso a gritarle: «¡Mátame! ¡Mátame!». El animal, mucho más prudente que el novillero, se volvió a los corrales sin mancharse las astas.Tras un invierno de desolación, trabajando como jornalero en al Corta del Guadalquivir, pudo volver a empezar desde abajo, en Valencia, y allí, derrochando un valor temerario, hacerse un hueco en la Fiesta. Desde Valencia, su nombre iba asociado al Hule y a la Pálida, esto es, a las cornadas de apariencia fatal. No era Belmonte un torero tremendista sino, según el público más entendido, simplemente suicida. El torero no compartía del todo este criterio, aunque lo aceptaba. Pero al que quería oírlo, si alguno hubo, le explicaba su idea de la tauromaquia, madurada en aquellas madrugadas feroces de La Tablada, toreando desnudo con una chaquetilla prestada. Decía que el toro no tenía sus terrenos propios y el torero los suyos, según aseguraba la tauromaquia clásica, desde Paquiro. Belmonte no admitía derechos de propiedad dentro del ruedo, ni a humanos ni a fieras. Esa fue su revolución. Lo demás fue valor, arte y un magnetismo especial para los públicos. Sólo le faltaba un rival y lo encontró en el torero más perfecto que ha dado hasta hoy la Fiesta: José Gómez Gallito, Joselito.La rivalidad entre Joselito y Belmonte, que marca la Edad de Oro del toreo, no fue una casualidad. José era una criatura portentosa con la ferocidad de la juventud, el duende de una dinastía, y el dominio de la técnica nunca visto. Era altanero, valeroso, soberbio, apolíneo. Tenía que tropezarse con su envés: el oscuro, el pobre, el enfermo, el que sólo podía poner frente al toro su infinita capacidad de morir. Y ese era Juan. Tan fatal era ese duelo que el primer día en que Belmonte triunfó en Sevilla quisieron sus enloquecidos partidarios hacerle pasar el puente de Triana no en hombros, que era poco para el semidiós, sino en andas, como El Cachorro en Semana Santa. Heroicamente resistió un cura el intento de robar las andas, amenazando de excomunión a los sacrílegos y, cuando al fin consiguió su propósito, rezongó: ¡Si por lo menos hubiera sido Joselito!».Desde 1914 España se divide entre gallistas y belmontistas. Se ha llegado a decir que la división entre aliadófilos y germanófilos no fue sino una politización innecesaria de la pugna sustancial entre los de José y Juan. Con ambos llega un nuevo concepto de la tauromaquia, la creación de grandes plazas -como la Monumental de Las Ventas, impulsada por Joselito- y el acercamiento de los intelectuales a la Fiesta, mérito de Belmonte, que desde novillero se aficionó al trato de Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Romero de Torres y otros artistas taurófilos. Es famoso el diálogo con Valle:- Ahora, Juan, ya sólo te queda morir en la plaza.- Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda.A veces, Belmonte se quedaba a dormir en el estudio de Solana o de Vázquez Díaz, a sus anchas entre libros y cuadros. Y no era una pose. Cuenta Josefina Carabias que Paco Madrid, compañero de las primeras capeas, le aseguró que junto a la espuerta con el utillaje taurino llevaba siempre otra llena de libros: «Un torero más leído y más bañado no lo ha habido ni lo habrá jamás». Con el dinero y la gloria llegaron los contratos para América, llenos de aventuras increíbles en el México de la revolución o en la Lima encantadora y colonial, que le recordaba a Sevilla y en la que encontró esposa, aunque muy flaca para los gustos de entonces. ¿Cogidas? Todas. Pero la peor fue la de Joselito. Habían llegado José y Juan a ser grandes amigos. Del mismo modo que José acabó toreando en los terrenos de Juan, y Juan aprendiendo la técnica de José, aunque con limitaciones físicas, sus dos personalidades se fueron hermanando. Viajaban juntos en el tren y se cambiaban de vagón al llegar a las estaciones, para no defraudar. Joselito, que lo tenía todo, era muy desgraciado en amores. Enamorado de una muchacha de la aristocracia andaluza, el padre se negaba a consentir su matrimonio con el torero. José llegó a dar clases para leer mejor y mejorar su letra pero todo era inútil. También estaba harto del público, que se había cansado de verlos triunfar juntos y ganar dinero. El día antes de su muerte, torearon en Madrid y Gallito le dijo a Belmonte que debían retirarse, porque así no se podía torear. Juan estaba de acuerdo. Fue una tarde horrible. José canceló la corrida madrileña del día siguiente y se fue a torear a Talavera. Allí le esperaba la muerte.Belmonte murió con él. Luego se retiró dos veces, rejoneó, tuvo cortijo, ganado y millones. Envejeció lentamente, entre Madrid, Sevilla y su finca de Utrera. De vez en cuando se le veía en «Los Corales», con sus gafas negras, hablando poco y del tiempo. Tenía en la boca la tristeza de la muerte que fue de otro. Con 70 años, se enamoró sin esperanzas de una flamenca muy joven. Una tarde, salió a pasear a caballo, arreó el ganado, contempló el ocaso, volvió a la casa, subió a su habitación y se pegó un tiro.

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